21 de junio de 2021
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14 de febrero de 2021
¿Amamos a los dinosaurios con el corazón o con la razón?
Ah, el Día de San Valentín, día en el que se conmemora todo lo que tiene que ver con el amor y la confraternidad. La mayoría de la gente lo celebra compartiendo dulces, regalos, una cena o algún gesto especial con su ser o seres más allegados como muestra de las expresiones de su corazón. Aquí lo celebraremos indagando en nuestra afición por los dinosaurios y por el estudio de la vida prehistórica, pues lo que define a un dinofriki es precisamente una palpable y profunda apreciación por estos seres que sólo podemos conocer a través de la paleontología, apreciación que se ha desarrollado hasta el punto en que podríamos decir que éstos, de cierto modo, son el amor de la vida de un dinofriki (por eso somos frikis... y también por eso muchos de nosotros seguimos solteros). No obstante, los dinosaurios y la vida prehistórica han cautivado nuestro corazón y nuestra mente de diferentes formas y hay quien los ama con el corazón y piensa en ellos con la mente y quien los ama con la mente y piensa en ellos con el corazón. Y, como ya habrán visto en el título, es de esto que se trata la entrada de hoy, pero antes de entrar de lleno al tema, quiero dar crédito al paleontólogo Andrea Cau por la idea para esta entrada, pues la misma está inspirada en un artículo que él publicó hace unos años en su blog, Theropoda, titulada "Deja de mirar al Tyrannosaurus con el corazón". Esta entrada parte de la misma corriente, pero podría considerarse una bifurcación que va por una vía distinta, pues pretende ahondar más en los aspectos psicológicos y culturales de nuestra percepción de los dinosaurios, aunque sin dejar de tocar cuestiones estrictamente científicas, aparte de explorar el fenómeno desde una perspectiva más general.
Dicho esto, de más está decir que ante los ojos de nuestra cultura, los dinosaurios han trascendido su definición biológica y se han convertido en un fenómeno no sólo de interés científico, sino también en uno popular, habiendo cautivado a la humanidad desde que se empezó a estudiar a los fósiles a través de los ojos de la ciencia moderna, nutriendo nuestra imaginación y nuestra percepción de la historia natural de la Tierra. Y con razones de sobra. Después de todo, ¿quién no sentiría fascinación por una criatura que combina características de ave y de reptil y que verdaderamente existió en este planeta muchísimo antes de que nuestra especie apareciera? No es de extrañarse que hoy, teniendo conocimiento de que conformaban un grupo más diverso y exitoso de lo que podemos imaginar, sean admirados por las masas y ocupen un lugar especial en el corazón y la mente de muchos.
Sin embargo, cabe resaltar que esto lo hacen de diferentes formas y de más está decir que los dinofrikis no nos "enamoramos" de estas criaturas del mismo modo. Cada cual tiene sus propias experiencias en torno al tema y su admiración y apreciación por estos seres se desarrolla de manera individual y por consiguiente, distinta. No obstante, comúnmente nuestro primer contacto suele ocurrir en algún punto de nuestra infancia y por lo general, es a través de un medio gráfico, como un libro, una película o programa televisivo o incluso, una mera imagen.
A falta de un ejemplo mejor que pueda describir con lujo de detalle, procedo a compartir mi historia personal, comenzando por decir que fue hace muchos años, cuando ni siquiera había empezado a estudiar en la escuela y la vida aún parecía simple. Me encontraba sentado frente a una pantalla de televisión que restregaba en mis pupilas algo que cambiaría el curso de mi existencia y frustraría para siempre los esfuerzos de mis padres por criar a un ser humano íntegro y mentalmente sano. Lo que se veía en la pantalla era un escenario muy peculiar en el que unas personas con sombrero montaban a caballo y lanzaban sogas al cuello de una enorme bestia con aspecto de lagarto, pero que contrario a éstos, caminaba a dos patas de un modo parecido al de un pájaro, al mismo tiempo que emitía atemorizantes rugidos. Como si el solo aspecto de aquella criatura no fuese suficiente para cautivarme, no pude evitar quedar impresionado por su poder. Los intentos de esas valientes personas por capturarlo parecían ser fútiles. Por si fuera poco, eventualmente apareció una segunda bestia aún más bizarra que no parecía nada que hubiese visto antes. Su cuerpo era como el de un elefante, mientras que su cabeza se asemejaba a la de una tortuga, pero estaba cubierta de cuernos. Pronto, ambas bestias se abalanzaron una contra la otra mientras los humanos abandonaban la escena impotentes. Tras un corto, pero intenso choque de poderes, la primera bestia derrotó a la segunda, tras lo cual fue en persecución del grupo de personas que trató de capturarlo, alcanzando a uno y devorándolo como si fuese no más que una golosina. La bestia parecía invencible y desde entonces, no he dejado de sentir admiración por ella. "¿Qué es eso?", le pregunte a mi madre, que estaba sentada junto a mí contemplando aquel espectáculo, aunque con un interés menos notorio. "Es un dinosaurio.", contestó, inconsciente del error que estaba cometiendo y de que a partir de entonces, su hijo perdería la cordura y se convertiría en un dinofriki obsesionado sin que hubiera marcha atrás.
Hoy sé que la revelación mística que tuve aquel día fue en realidad una película titulada "El Valle de Gwangi", dirigida por Jim O'Connolly, con Ray Harryhausen (uno de los animadores más importantes en la historia del cine) a la cabeza de los efectos especiales (que si bien para los estándares de hoy son algo anticuados, para la época de su filmación estaban a la vanguardia). La verdad, mis recuerdos de aquel momento son vagos y sólo he podido mantenerlo vivo con la ayuda de mi pobre madre (que fue la que estuvo ahí para atestiguar cómo sus esfuerzos por convertirme en un integrante sano de la sociedad se empezarían a desmoronar por completo), pero la impresión que me dejó la majestuosidad de la criatura titular, un Allosaurus al que llaman "Gwangi" (que para los curiosos, es un vocablo de la lengua de los indígenas norteamericanos que significa "lagarto") sigue fresca y latente, como si lo hubiese vivido segundos antes de escribir esta entrada. Si bien la película no ha envejecido muy bien y podría perfectamente categorizarse como una cinta de serie B o incluso, como una parodia de King Kong, no deja de ocupar un lugar especial en mi corazón y cada vez que la veo, me envuelve una profunda nostalgia.
A medida que avanzaba mi infancia, seguía consumiendo más y más material tematizado en dinosaurios, incluyendo más películas, programas de televisión, libros y un largo etcétera, con lo que poco a poco fui comprendiendo varias cosas sobre los dinosaurios, como por ejemplo, que éstos no caminaban arrastrando la cola por el suelo, como lo hacían en lo que ante mis ojos fue su manifestación inicial. Asimismo, aprendí que aquellos que eran bípedos en realidad no asumían una postura casi erguida, similar a la de un canguro, sino una en la que su lomo quedaba más o menos paralelo al suelo (Gwangi, por ejemplo, asumía la postura de los terópodos según eran representados en las obras del paleoartista Charles Knight). Aprendí que eran más ágiles y dinámicos y posiblemente, más coloridos de lo que se veía usualmente en los medios. Y más importante, al adentrarme un poco en la historia de la paleontología, aprendí que nuestra visión de ellos había cambiado mucho desde que empezaron a ser comprendidos por la ciencia y eventualmente aprendería que ésta seguía e iba a seguir cambiando. Hoy sé que "El Valle de Gwangi" está lejos de ostentar una representación fiel de los dinosaurios, mas eso no supone ningún problema para que pueda seguir disfrutándola ni la desacredita por ser el detonante de mi actual interés por la paleontología. Aún con su diseño desactualizado y con todas sus inconsistencias, Gwangi es un personaje al que no puedo sino querer con el corazón, mas debo agregar que no por eso pienso en él con el corazón y por consiguiente, el cariño que le tengo no me impide en lo absoluto reconocer que la realidad no es como lo que se ve en pantalla. Y es que usualmente, lo que vemos de los dinosaurios en los medios son personificaciones retocadas para apelar a la audiencia (o más propiamente, a sus emociones) que, como lo pone un buen amigo mío que trabaja en ese ámbito, están hechas de tal manera que entren por los ojos. Es decir, que cumplan con nuestras expectativas. Para esto, se saca provecho de las características psicológicas del público (lo que en mercadotecnia se conoce como psicografía). A la hora de representar a los dinosaurios, la industria mediática por ejemplo se vale de factores como nuestra curiosidad por lo exótico, nuestra admiración y temor por animales de gran tamaño o de apariencia imponente, nuestro miedo ancestral por los depredadores y de la percepción popular de los reptiles como criaturas indómitas, frías, escurridizas y usualmente repugnantes. De modo que las representaciones de los dinosaurios que solemos ver en los medios se rigen más por los principios de oferta y demanda que por motivaciones didácticas y como tal, sólo pretenden apelar a nuestros ideales para darnos el entretenimiento y la estética que esperamos y demandamos, valiéndose de lo que en mercadeo se conoce como el modelo AIDA (siglas compuestas por las iniciales de Atención, Interés, Deseo y Acción). Es decir, buscan llamar la atención del espectador para así despertar su interés en el producto ofrecido a fin de provocar el deseo que conduzca a la acción de poseerlo, consumirlo o disfrutarlo de una manera que resulte rentable.
Por supuesto, no hay daño en disfrutar de la ficción ni de estas representaciones tergiversadas de los dinosaurios o incluso de encariñarse de ellas, pero no debemos olvidar que no son más que personajes ficticios y consiguientemente, como sugiere la propia palabra "ficción", se trata de algo que se finge y no es real. Personalmente, lo veo como algo similar a una dinámica de personajes y actores. En este caso, se podría decir que Gwangi es un personaje adherido al maquillaje y al guión, mientras que el verdadero Allosaurus es el actor que lo interpreta, tratándose de una situación comparable a lo que ocurre con actores conocidos por protagonizar cintas de acción, como por ejemplo, Keanu Reeves, reconocido por interpretar a personajes heroicos a los que se les atribuyen hazañas épicas y extraordinarias, tales como Neo en la franquicia de "The Matrix" o John Wick en la saga cinematográfica homónima. Sin embargo, sabemos que en la vida real, es una persona ordinaria con sus necesidades y limitaciones, mas no por eso menos digno de estima ni su trabajo, menos reconocible. Al fin y al cabo, Keanu Reeves tiene más potencial para inspirar a la gente que los personajes a los que interpreta al ser una persona más asimilable, identificable y sobre todo, real, sin mencionar que sin él no hay Neo ni John Wick (o al menos, no como los conocemos y apreciamos hoy). En este caso, Gwangi tal vez sea un personaje regio en una historia épica y entretenida, pero es poco o nada parecido al "actor" que lo interpreta (es decir, al verdadero Allosaurus), que no es ni por asomo menos digno de aprecio y admiración, sobre todo cuando se tiene en cuenta que su historia no es una obra de ficción, sino una de hechos que habiendo quedado escrita en las páginas geológicas de nuestro planeta por más de 150 millones de años, ponen de manifiesto la versatilidad de la naturaleza, la vida y la evolución, así como su éxito.
Dicho esto, es comprensible el que una representación determinada de un dinosaurio en algún medio gráfico nos inspire admiración y se gane un lugar especial en nuestra memoria debido a las emociones que genera en nuestro corazón. Un ejemplo bastante notorio (si no es que el más notorio) es el caso de la Tyrannosaurus de Jurassic Park. Y no es para menos, pues tras que forma parte de la propiedad intelectual más reconocida e influyente en lo que a dinosaurios se refiere en la cultura popular, se caracteriza por haber contribuido a una revolución en la industria de efectos especiales, habiendo sido diseñada por el difunto Stan Winston y su equipo de tal manera que luciera virtualmente creíble en todos los aspectos. En adición, fue perpetuada de tal modo que logra despertar en el espectador una auténtica sensación de miedo, impotencia, respeto, admiración y prácticamente, todas las emociones que esperaríamos tener si nos encontráramos cara a cara con un auténtico Tyrannosaurus rex. Todo esto ha hecho que esta T. rex se haya convertido en un personaje muy aclamado y apreciado por muchos, pareciendo incluso ser considerada en la cultura popular como "el Tyrannosaurus modelo" al establecer una especie de estándar a la hora de conceptualizar a esta especie en múltiples y diversos medios, cosa que no es de extrañarse debido al funcionamiento del ya mencionado modelo AIDA, el cual explota la efectividad de este tipo de estándar para aprovechar nuestra susceptibilidad a fenómenos como la nostalgia. Sin embargo, debemos tener siempre presente que la paleontología, como toda ciencia, es progresiva y se actualiza con cada nuevo descubrimiento, lo que implica que nuestra percepción de los dinosaurios y otros animales extintos cambia constantemente, razón por la que no es conveniente aferrarse a una idea específica plasmada en un medio gráfico sobre cómo luciría uno de estos seres en vida.
Teniendo esto en mente, si bien para la época en que fue diseñada, la T. rex de Jurassic Park lucía conforme a la percepción de entonces salvo por algunas libertades artísticas (tales como un hocico más robusto y menos alargado, pómulos más pronunciados y puntiagudos y manos posicionadas en pronación, por mencionar algunos ejemplos), hemos aprendido mucho más del Tyrannosaurus desde aquellos días y con estos nuevos conocimientos, nuestra imagen de él se ha vuelto más compleja y dinámica. Ejemplo de esto es que en tiempos recientes ha resonado la posibilidad de que éste tuviese algún tipo de plumaje, deducción a la que se ha llegado mediante la aplicación de técnicas como la del horquillado filogenético pese a la falta de evidencia física directa. De acuerdo a esta premisa, si dos organismos emparentados presentan una característica en común, lo más probable es que dicha característica estuviese presente de alguna forma en su ancestro común, así como en todos los descendientes del mismo. El expositor de este sistema, el Dr. Lawrence Witmer usa de ejemplo al Hesperornis regalis, un ave nadadora del Cretácico superior de la cual se han encontrado parientes cercanos con rastros de escamas, mas no de plumaje (o al menos, no distinguibles, ya que se aprecian estructuras en los fósiles que algunos interpretan como posibles impresiones de plumaje, mientras que otros las interpretan como posibles pliegues de piel). Witmer analiza la posible presencia de plumaje como un rasgo ancestral en el Hesperornis considerando sus relaciones de parentesco con el Archeopteryx lithographica (un ave del Jurásico tardío de la cual sí se tiene rastros de plumas) y las aves modernas. Dado que el Hesperornis comparte el mismo ancestro común que el Archeopteryx y las aves modernas (formando parte de un mismo linaje) y dado que las plumas son un rasgo anatómico presente en ambos grupos (sugiriendo que es una característica heredada del ancestro común de ambos antes de que siguieran caminos evolutivos separados), lo más probable es que el Hesperornis también las tuviese, lo cual no debería resultar extraño considerando que también es un ave. El mismo procedimiento puede aplicarse reemplazando al Hesperornis con el T. rex y al Archaeopteryx, con el Sciurumimus (un terópodo posiblemente coelurosauriano de edad jurásica y menos diversificado del que se tiene evidencia directa de plumaje), lo que daría para el T. rex el mismo resultado que dio para el Hesperornis, siendo esto a su vez sustentado por el hallazgo de coelurosaurios más avanzados con evidencia directa de plumaje, incluyendo parientes del propio T. rex, como el Dilong y el Yutyrannus. Esto, por supuesto, no es prueba irrefutable de que el T. rex haya tenido plumas, pero sí indica que hay una probabilidad de que este haya sido el caso.
Esta idea, sin embargo, no ha sido muy bien recibida por muchas personas pese a lo mucho que aparentan querer al T. rex y de hecho, hay a quien parece romperle el corazón considerar esta posibilidad, con algunas incluso llegando a asumir actitudes de negación. Si bien es cierto que no hay evidencia directa que permita determinar conclusivamente cómo habría sido el integumento del T. rex y que hay material fósil de esta especie con indicios de lo que parecen ser escamas (aunque hay quien considera que en lugar de escamas, podría tratarse en realidad de protuberancias producidas por fenómenos tafonómicos), lo que sumado a la premisa de que a mayor masa corporal, mayor retención calorífica ha levantado razones válidas para cuestionar la idea de que un animal del tamaño del T. rex estuviese cubierto de plumas o protoplumas, la realidad es que hay debate entre los expertos sobre este asunto, habiendo quien sostiene que es una cuestión más compleja de lo que se suele pensar y que hay otros factores a considerar aparte del tamaño y la masa del animal y de lo que se aprecia a simple vista (especialmente dado lo fragmentario que es el material de piel fosilizada de T. rex recuperado hasta ahora), razonamiento sustentado por lo que se puede ver en otros dinosaurios similares en tamaño al T. rex, como el Deinocheirus, que pese a estimársele unos 12 metros de largo y una masa de entre 6 y 7 toneladas aproximadamente, presenta una estructura comparable al pigóstilo visto en la cola de las aves de hoy y de otros dinosaurios maniraptoriformes, sugiriendo que pudo haber tenido una especie de abanico de plumas similar al de éstos al final de su cola, lo que a su vez da paso a la posibilidad de que tuviese plumas al menos, en algunas partes de su cuerpo o bien, de que su cuerpo entero estuviese recubierto de algún tipo de plumaje. Un caso parecido es el del Therizinosaurus, que pese a que se le estima una masa comparable a la del T. rex, hay quien sostiene que probablemente tuvo plumas al provenir de un linaje de dinosaurios del que se sabe que las tenía (como se evidencia en el caso del Beipiaosaurus).
Como ocurre con el T. rex, la evidencia disponible para deducir que estos dinosaurios tenían un integumento filamentoso no es directa, pero la evidencia indirecta, como la ya mencionada estructura ósea similar a un pigóstilo en el caso del Deinocheirus y la presencia de estructuras filamentosas en fósiles tanto de parientes del Deinocheirus como del Therizinosaurus, sugiere que ese es el escenario más plausible. Sin embargo, casi nadie parece tener problemas con eso, mas sí cuando se aplica esta lógica al caso del T. rex. Esto, probablemente debido al aferramiento emocional a nociones obsoletas sobre este afamado dinosaurio que usualmente siguen siendo popularizadas por los medios precisamente para apelar a la nostalgia y a los sentimientos. No obstante, lo mismo puede ocurrir en el caso contrario y pese a que la idea de que el T. rex haya tenido plumas es poco popular y sólo ha sido explorada en medios minoritarios, no falta quien la acepta como un hecho axiomático a pesar de la falta de evidencia directa que así permita concluirlo y de que el asunto es aún objeto de debate en la comunidad científica, siendo ambos casos repercusión de cuando se ama a los dinosaurios con la mente y se piensa en ellos con el corazón.
Es aquí donde cobran relevancia las palabras del paleontólogo Andrea Cau al decir que "cuando estamos enamorados, tendemos a ser irracionales y mientras dicha irracionalidad mitigue los defectos de un ser querido, puede ser tolerable, mas cuando ésta distorsione el razonamiento científico, entonces es grave". Teniendo en cuenta que el único medio para en verdad conocer a los dinosaurios es la ciencia y particularmente, la paleontología (pues de no ser por los hallazgos paleontológicos, tampoco habría dinosaurios en los medios) y que, como decía el filósofo Raimon Panikkar, "sólo se conoce de verdad lo que se ama y sólo puede amarse lo que se conoce", cabe preguntarnos: ¿Apreciamos verdaderamente a los dinosaurios o sólo nos gusta la versión acondicionada por los medios para apelar a nuestras expectativas? ¿Estamos genuinamente interesados en ellos hasta el punto de conocerlos lo mejor posible y de aceptarlos tal cual eran, aunque haya aspectos de ellos que no coincidan con nuestros ideales o sólo nos gustan cuando se nos presentan de forma apelativa? ¿Pensamos en ellos con la mente y los queremos con el corazón o por el contrario, los queremos con la mente y pensamos en ellos con el corazón?
Si bien, como decía el filósofo Blaise Pascal, "el corazón tiene razones que la razón desconoce", cuando verdaderamente nos interesa la paleontología y queremos conocer, apreciar y comprender a fondo a los dinosaurios, no podemos sino pensar en ellos con la mente, aplicando el razonamiento científico, pues el corazón se aferra emocionalmente a las cosas y al hacerlo, compromete nuestra percepción, creándonos convicciones que no siempre conducen por vías objetivas o veraces, pues por lo general, el corazón es parcial. Es decir, adopta posturas en favor de lo que quiere o le gusta y en contra de lo que no quiere o no le gusta. Es por esto que, como dice Andrea Cau, es normal que nos pongamos irracionales cuando seguimos las razones del corazón, llegando incluso a mitigar las cosas que no nos gustan de alguien a quien amamos por muy obvias que sean, pero cuando entramos en un ámbito de carácter científico, como el de la paleontología, no hay cabida para eso. A fin de cuentas, pensar que algo es como queremos que sea y tratar de ignorar las cosas que no nos gustan no cambiará lo que se observa o se demuestra a través de medios empíricos. Sólo los datos objetivos y verificables pueden sustentar o validar un punto de vista científico, razonable y certero, el cual podría cambiar conforme se obtengan nuevos datos, haciendo inútil y absurda la adopción de estándares y visiones idealistas de cómo debería ser un dinosaurio (o cualquier organismo prehistórico) como si se tratase de un producto hecho para satisfacer nuestras necesidades y expectativas, como ocurre con sus contrapartes artificiales.
De modo que si bien no hay problema con que las percepciones antiguas y las representaciones mediáticas de los dinosaurios nos inspiren una amplia gama de emociones, a la hora de incursionar en el ámbito de la paleontología debemos procurar que estas emociones no comprometan nuestra racionalidad. A fin de cuentas, si por ejemplo, parece razonable concebir al Hesperornis, al Deinocheirus o al Therizinosaurus con plumaje, ¿por qué no puede parecerlo también concebir al Tyrannosaurus rex de esta manera, tratándose de un caso similar al que se puede aplicar la misma lógica siguiendo el método científico?
Y como este, hay muchos otros casos, como por ejemplo, el del famoso Liopleurodon tratándose de un animal que no parecía superar por mucho los 6 metros de largo, contrario a la idea popularizada por medios como el documental "Walking with Dinosaurs" de que alcanzaba una longitud de 25 metros. También está el caso del Spinosaurus siendo un animal semiacuático que pasaba la mayor parte del tiempo cerca o dentro del agua, alimentándose mayormente de peces, contrario a la creencia popular difundida en medios, como la franquicia de Jurassic Park de que era un macrodepredador que destruía todo lo que se le cruzara en frente y de igual manera, está el caso de la "garra asesina" de los dromeosaurios, que tal parece que no era tan "asesina" como se pensaba y como se suele representar en el ámbito mediático. De cierto modo, parecería lógico pensar que estos cambios en nuestra visión de dichas criaturas sean el objeto del descontento de varias personas, mas lo cierto es que la razón de dicho descontento parece radicar más bien en nuestro arraigo a lo que nos transmiten e inculcan los medios gráficos, lo cual no debería resultar extraño considerando la apelación de éstos a la psique del público. De hecho, se puede decir que son los propios medios los que incitan a la controversia, cosa que se puede apreciar en el hecho de que ésta no necesariamente se limita a casos en los que nuestra nostalgia y la imagen de estos seres a la que nos hemos adherido se ven comprometidas.
Quizá el ejemplo más notorio de esto es la famosa escena del combate entre el Tyrannosaurus y el Spinosaurus en Jurassic Park 3, donde el Spinosaurus emerge victorioso, ante lo que comenzó a ganar fama como una bestia capaz de destronar al T. rex como "el nuevo rey de los dinosaurios", mientras que muchos fanáticos de éste último quedaron desconsolados por la derrota de su ídolo, despertando así una intensa controversia que aún hoy se ve en varios medios interactivos en los que los fanáticos del T. rex tienden a cuestionar la veracidad de dicha escena, mientras que los del Spinosaurus suelen considerarla realista, lo que denota que esta polémica es impulsada primariamente por la parcialidad. Si bien no falta quien lleva el asunto al ámbito paleontológico y analiza esta escena aplicando la lógica y los conocimientos científicos (cosa que no tiene nada de malo), lo cierto es que esto poca utilidad tiene, pues el asunto en cuestión no se trata sino de un producto de la imaginación humana que gira en torno a dos personajes que no hacen nada que no esté estipulado en un guión a fin de mantener la narrativa de una historia de ficción fluyendo, por lo que la ciencia poco o nada tiene que ver en discusiones de este tipo. De modo que aunque se puede analizar la escena desde una perspectiva fundamentada en la ciencia, el antedicho enfrentamiento no puede tratarse como un tema de índole científica y por consiguiente, poca o ninguna relación guarda con la paleontología y con los dinosaurios de carne y hueso que respiraron y vagaron por nuestro mundo durante el Mesozoico, pues se trata simplemente de un fenómeno de la cultura popular que nunca pudo darse en el mundo real y que por consiguiente, no puede estudiarse con la debida precisión, por lo que todo lo que resulte de un análisis de esta escena es puramente de carácter especulativo.
Casos como este parecen apoyar la idea de que los propios medios circunstancialmente establecen las bases para el estallido de controversias entre el público al crear y difundir una imagen sobrenatural de los dinosaurios que hace que éste tienda a asociarlos con personajes épicos a manera de héroes, antihéroes, villanos, monstruos o musas de leyenda al suscitar cierta identificación con lo mostrado, lo que consecuentemente crea una inclinación parcial hacia estos personajes o hacia una minoría subjetivamente seleccionada de acuerdo a la impresión que causen o dejen en el espectador. En este caso, por ejemplo, la controversia en torno a la batalla del Tyrannosaurus rex contra el Spinosaurus en Jurassic Park 3 podría atribuirse al hecho de que el T. rex es posiblemente el dinosaurio más célebre y aclamado de todos los conocidos hasta ahora, habiéndose convertido en un ícono de la cultura popular y recibido el título de "rey de los dinosaurios" tanto por los medios como por fanáticos en todo el mundo que lo han adoptado como su dinosaurio favorito. En parte esto podría atribuirse al hecho de que el título de “rey” está adherido a su nombre científico ("rex" significa rey en latín), mas es de tener en cuenta que el nombre no hace a la cosa. De modo que aunque se le llame al T. rex "el rey de los dinosaurios" y se le trate como una estrella, una leyenda o incluso como una especie de deidad, al final esto es fútil y sólo tiene utilidad en el ámbito publicitario, pues lo cierto es que no era nada de eso. Era un animal con sus respectivas adaptaciones, limitaciones y debilidades que sólo procuraba sobrevivir en su entorno y al que le valía un bledo si 66 millones de años después de extinto iba a ser elogiado por un montón de primates ruidosos esmerados en concebirlo como algo que nunca fue.
Lo mismo ocurre con el Spinosaurus. Su victoria sobre el T. rex y su sucesión como antagonista en la franquicia tematizada en dinosaurios más notoria del mundo moderno llevaron a que este dinosaurio tuviera una recepción dividida en la cultura popular. Por un lado, ganó el aprecio de algunos fanáticos que lo llegaron a anteponer sobre el T. rex como el nuevo y verdadero "rey de los dinosaurios", incluso llegando a expresar repudio hacia éste último. Por otro, recibió también un gran desprecio por una parte significativa del público, habiendo quien lo considera la cosa más infame y lo repulsa como un vil y patético usurpador. Naturalmente, es normal que un personaje ficticio inspire diversas emociones y que sea aceptado o repulsado conforme a las acciones que realiza, pero el que el actor que interpreta a ese personaje sea percibido y tratado como si fuese el personaje al que interpreta ya deja de ser plausible y tal parece ser el caso del Spinosaurus, pues el impacto causado por su enfrentamiento con el T. rex en Jurassic Park 3 parece haber influido marcadamente en la forma en que se percibe a esta especie en general hasta el punto de que incluso la asimilación de información de origen y carácter científico se ha visto comprometida. Ejemplo de esto ha sido la recepción que han tenido las recientes publicaciones de nuevo material referido a Spinosaurus indicando que éste era probablemente un animal de hábitos semiacuáticos cuya dieta consistía mayormente en peces y fauna acuícola, tras lo que se ha visto cómo muchos de sus presuntos fanáticos han adoptado una actitud de negación al ver que su supuesto dinosaurio favorito no era como lo concebían (posiblemente debido al acogimiento de una determinada representación gráfica de este dinosaurio sin tener en cuenta que el mismo es conocido sólo por restos incompletos, por lo que toda reconstrucción de éste está sujeta a revisión conforme se obtenga más información) y se ha visto también cómo los detractores del enfrentamiento apreciado en Jurassic Park 3 se han valido de lo que sugieren estos descubrimientos para alegar que el Spinosaurus era inferior al T. rex, dando a relucir que hay una tendencia a no pensar en este dinosaurio si no es a raíz de la imagen difundida en Jurassic Park 3 y concretada en su enfrentamiento con el T. rex. De modo que el motor de esta controversia y del malestar inherente a la misma parece radicar en el hecho de que se ha utilizado al Spinosaurus como una herramienta comercial con el fin de intentar superar o reemplazar al T. rex como el favorito de las masas (lo que irónicamente sólo ha conseguido el efecto contrario al hacer que difícilmente brille fuera de la sombra de éste). No obstante, independientemente de lo que se opine de él, el Spinosaurus no es ni superior ni inferior al T. rex y exaltarlo o denigrarlo es igualmente fútil, pues lo cierto es que al igual que éste último, era simplemente un animal con sus capacidades y debilidades naturales especializado en hacer lo que necesitaba hacer para sobrevivir en el ambiente donde habitaba. Lo último que se le pasaba por la cabeza era si 93 millones de años después de extinto un grupo de primates estrepitosos lo compararía con otra criatura de cuya existencia nunca supo y si esos primates estarían a gusto o no con su apariencia y estilo de vida y con la forma en que lo representarían en medios que ellos mismos inventarían y mucho menos, si sería aclamado o despreciado por ellos (y aún si esas ideas se le hubiesen pasado por la cabeza, probablemente estaría demasiado esmerado en intentar sobrevivir y prosperar en su hábitat como para darles la más mínima importancia).
Por supuesto, no hay problema con tener un dinosaurio favorito ni con aclamarlo. El problema viene cuando la parcialidad sesga nuestra percepción de la realidad. Después de todo, nuestros dinosaurios favoritos no necesitan que protejamos el estatus que nosotros mismos les hemos dado y mucho menos, de lo que la ciencia revela sobre ellos como si se tratase de defender a nuestra pareja de un ataque personal. Eso más bien es contraproducente, pues al fin y al cabo, promulgar dictámenes no verificables, más que una defensa, es una calumnia.
De modo que si por ejemplo, creció con un Tyrannosaurus como su juguete favorito, si se maravilló por la extravagancia del Triceratops en un libro, si le impactó el Spinosaurus en Jurassic Park 3 o en algún otro medio, si fue cautivado por la majestuosidad del Brachiosaurus u otro saurópodo enorme en las reconstrucciones de un museo o parque de diversiones o si es de Argentina y le gusta el Giganotosaurus porque sus restos fueron encontrados en su país, eso está muy bien, mas no hay que dejarse llevar por la parcialidad y llegar al extremo de idolatrar a su especie favorita y de menospreciar a otras al compararlas con ésta, imaginando cómo las superaba en tal o cual aspecto o cómo las habría derrotado en un enfrentamiento hipotético y en última instancia, proclamándola como el mejor dinosaurio de todos, pues lo cierto es que no existe tal cosa. Y es que para empezar, cabe señalar que "mejor" es un concepto de carácter subjetivo que utilizamos para emitir un juicio sobre dos o más opciones en función de los atributos de cada una analizados bajo nuestros criterios personales a fin de determinar la que presente las cualidades que nos resulten más convenientes o preferibles. Debido a la subjetividad inherente al concepto, es de tener en cuenta que lo que es mejor para una persona no necesariamente es mejor para otra, lo que puede dificultar (por no decir "imposibilitar") llegar a un acuerdo definitivo. Por tal razón, cualificar algo como "mejor" no define la verdadera naturaleza de las cosas; simplemente se basa en nuestra percepción de ellas, siendo por tanto una opinión y no un hecho. Cuando se tiene esto en cuenta es fácil entender que desde un punto de vista objetivo, en la naturaleza ningún organismo es mejor que otro, por lo que aplicar criterios humanos para valorar a una especie sobre otra es algo puramente ilusorio, pues cada especie posee adaptaciones que otras no necesitan o bien, compensan con otras a fin de hacer lo necesario para sobrevivir y prosperar en su hábitat y cada organismo es eficaz a su manera a la hora de desempeñar su rol específico en el ecosistema del que forma parte. En otras palabras, cada organismo es "el mejor" haciendo lo que hace, por lo que la denigración o devaluación de una especie en favor de otra al final es algo absurdo. Cada especie es un ejemplo de éxito que fue puesto a prueba por el proceso evolutivo y de adaptación y los dinosaurios, habiendo prosperado en este planeta por más de 160 millones de años (y más de 230 si incluimos a las aves), no son la excepción.
Dicho esto, cabe preguntarnos: ¿Nuestro dinosaurio favorito es un animal real que alguna vez vivió y anduvo en nuestro planeta o una versión tergiversada del mismo que sólo existe como un producto de la imaginación y de la explotación comercial? ¿De verdad nos gustan los dinosaurios o lo que realmente nos gusta es una interpretación idealizada o romantizada de ellos?
Queda en manos de cada uno de nosotros por individual responder estas preguntas, pues si bien está en los medios el mostrarnos o no una imagen de los dinosaurios fiel a lo que nos dice la ciencia y el registro fósil, no es su responsabilidad determinar cómo el público los percibe y los asimila. Nosotros somos quienes debemos determinar si los amamos con el corazón y pensamos en ellos con la mente o si los amamos con la mente y pensamos en ellos con el corazón.
Referencias:
- http://dinogoss.blogspot.com/2013/03/who-cares-about-dinosaurs.html
- http://palaeos-blog.blogspot.com/2014/08/dinosaurios-superheroes-o-animales.html
- http://theropoda.blogspot.com/2019/02/smettete-di-guardare-tyrannosaurus-col.html
- https://www.ionos.es/digitalguide/online-marketing/analisis-web/el-modelo-aida-la-formula-del-exito/
17 de enero de 2021
Documental: The Ballad of Big Al (La Balada de Big Al)
"Walking with Dinosaurs" es posiblemente el documental sobre la vida en el Mesozoico más reconocido que se haya producido hasta la fecha. Fue tan exitoso de hecho, que dio origen a toda una franquicia tematizada en la vida prehistórica, hoy conocida como la franquicia "Walking with Prehistoric Life". Como parte de la misma, se filmó una serie de "spin-offs" que exploran otros organismos y ecosistemas no cubiertos en el programa original o bien, indaga más en algunos que el mismo sólo explora de una manera más superficial. Hoy veremos uno de estos "spin-offs", titulado "The Ballad of Big Al" (La Balada de Big Al).
Pudiendo considerarse una extensión de la serie original, este documental se centra en los aspectos biológicos de un espécimen de la especie Allosaurus jimmadseni conocido informalmente como "Big Al" (Gran Al), famoso por su nivel de preservación y por su destacable cantidad de paleopatologías (evidencia de heridas, enfermedades o infecciones en los huesos fosilizados).
El documental se divide en dos partes. La primera consiste en una recreación especulativa de la vida de Big Al desde su nacimiento hasta su muerte en un estilo de documental de naturaleza, explorando las hazañas que le produjeron las heridas y cicatrices que aún hoy se aprecian en sus fósiles. La segunda parte, por otro lado, se centra en el estudio científico en el que se fundamenta la primera parte a través de entrevistas, hallazgos paleontológicos y experimentos en diversas áreas de la ciencia, mostrando cómo los expertos pueden descifrar varios aspectos de la biología del Allosaurus e interpretar cómo fue el mundo en el que vivió.
Antes de dejar los enlaces a los videos, quisiera aclarar como de costumbre que los derechos de propiedad del documental pertenecen a la BBC y a su vez, dar el correspondiente crédito al canal de Anderson Montoya, de Dailomotion y a la página de Facebook "Dinosaurios", de Gabrieltiranosaurio por subir la versión en español de los videos a internet. Sin más preámbulos, disfrute de la balada y la ciencia de Big Al:
31 de diciembre de 2020
Las (más de) 5 "Dinoticias" más relevantes del 2020
El 2020 ha sido un año difícil, marcado por múltiples eventos nefastos, como desastres naturales en diversas partes del mundo, la propagación de un virus mortal en todo el planeta y desde luego, la muerte de numerosas personas, incluyendo el afamado paleoartista Brian Franczak, conocido por sus trabajos realizados mayormente en la década de 1990 (que en paz descanse junto con todos los que perdieron la vida este año). Teniendo esto en cuenta, quisiera ofrecer mis condolencias a todo aquel que haya perdido a algún ser querido durante este año, al mismo tiempo que les deseo fortaleza para seguir adelante enfrentando las adversidades de la vida, confiando en que vendrán tiempos mejores y a no perder de perspectiva los rayos de luz en medio de la oscuridad por muy tenues que sean. Después de todo, si bien es cierto que este año trajo consigo tragedia, miedo y dolor, no todo lo que trajo fue malo. Por ejemplo, la disminución de la actividad humana masiva contribuyó a la recuperación de varios espacios silvestres previamente en un estado precario y al restablecimiento de la calidad de vida en muchos lugares al reducirse la emisión de contaminantes. Del mismo modo, se ha hecho más conciencia de la importancia de la ciencia en la sociedad y pese a todo, ha sido un año lleno de avances científicos, algo especialmente reflejado en el desarrollo de tratamientos y vacunas para combatir enfermedades emergentes, como lo es el COVID-19. Sin embargo, esto no se limita al ámbito de la medicina. Incluso para la paleontología el 2020 fue un año bastante fructífero en lo que respecta a descubrimientos e investigaciones. Tanto, que mientras usualmente tiendo a culminar con un resumen de las cinco noticias más relevantes del año en lo que respecta al estudio de los dinosaurios y otros organismos mesozoicos, esta vez no encuentro un mejor modo de hacerlo que con 5 categorías de noticias, lo cual supongo que es una buena forma de cerrar este año en el blog. Pero antes de pasar a las noticias, quiero aclarar como de costumbre que esta es una selección de descubrimientos paleontológicos que me resultaron particularmente interesantes debido a sus implicaciones para nuestro entendimiento de la vida en el Mesozoico y que durante el año hubo muchos otros hallazgos e investigaciones igualmente fascinantes, reveladores e importantes para la ciencia, pero que por cuestiones de tiempo, no cubro en esta entrada, sin mencionar que la misma ya es bastante extensa. Con eso dicho, comencemos con las noticias.
1. Más que cambios de look
El pasado mes de abril se publicó el descubrimiento de sobre 30 vértebras caudales de Spinosaurus por parte de una serie de expediciones dirigidas por Nizar Ibrahim a las camas de Kem Kem en Marruecos, de donde anteriormente logró extraer lo que hoy se considera el ejemplar de Spinosaurus más completo encontrado hasta ahora. Las vértebras recuperadas en estas nuevas expediciones conformaban una cola bastante completa que muestra características muy poco comunes en los dinosaurios, incluyendo espinas neurales y cheurones inusualmente extensos que le daban forma de remo, además de que la parte posterior de la cola no estaba reforzada como ocurre en la mayoría de los terópodos (en los que la misma suele estar reforzada por puntos de anclaje en las vértebras para tendones, haciéndola relativamente rígida) y mostraba una reducción de los procesos articulares de las vértebras mientras más alejadas estaban las mismas de la base, sugiriendo que ésta tenía bastante flexibilidad para moverse de lado a lado, permitiéndole al animal propulsarse en el agua, lo cual es sustentado por estudios biomecánicos realizados para poner a prueba esta hipótesis. Análisis de los huesos recientemente recuperados muestran varias similitudes con el material descrito originalmente por Ernst Stromer a principios del Siglo XX, pero la historia no termina ahí. Resulta que el material de la cola es referible al mismo espécimen descrito por Ibrahim en 2014, ya que su tamaño y su nivel de preservación coinciden, además de que no hay huesos repetidos y por si fuera poco, varios de los huesos se articulan perfectamente con los del esqueleto descrito en 2014. Todo esto parece indicar que el material recién descrito pertenece al mismo ejemplar. Sin embargo, un análisis realizado por el anatomista Scott Hartman abre paso a la posibilidad de que este no haya sido el caso.
Y es que pese a que los huesos de la cola encajan con los de la pelvis, no hay material que permita corroborar con certeza que los huesos de la mitad posterior del animal (la pelvis, las patas y la cola) encajen con los de la mitad delantera (las costillas, espinas neurales, vértebras dorsales y del cuello y huesos del cráneo), a lo que se suma que las vértebras de la cola miden menos de la mitad de lo que miden las vértebras dorales cuando lo común incluso en otros espinosáuridos es que midan más o menos lo mismo o incluso un poco más que éstas. Por si fuera poco, Hartman revisó las comparaciones previamente hechas entre este ejemplar y los pocos huesos de las patas traseras descritos y referidos a Spinosaurus por Stromer (de los que sólo quedan ilustraciones, por lo que al no poderse estudiar con precisión, no se descarta la posibilidad de que no pertenezcan a un solo individuo o siquiera, a una sola especie) y notó una disparidad significativa en las proporciones al ajustar el método de medición (anteriormente, esto se había hecho midiendo los extremos inferiores de las vértebras del nuevo ejemplar y comparando estas medidas con la longitud total de las vértebras descritas por Stromer, por lo que Hartman estimó la longitud total de las vértebras del nuevo espécimen para establecer una comparación más acorde). Esto dio como resultado una diferencia de casi un 8% entre las proporciones de ambos especímenes, lo que de verificarse, abriría paso a la posibilidad de que los fósiles descritos por Ibrahim y los descritos por Stromer pertenezcan a especies diferentes. Asimismo, si se corroborase que el nuevo ejemplar representa más de un individuo, cabría la posibilidad de que las patas traseras del Spinosaurus fuesen ligeramente más largas de lo propuesto inicialmente por Ibrahim asumiendo que sus proporciones fuesen consistentes con las de las ilustraciones paleontográficas de Stromer (aunque no tanto como las de otros terópodos, incluyendo a otros espinosáuridos como el Baryonyx, siendo proporcionalmente más comparables a las del Majungasaurus), lo que descartaría la idea de que fuese un cuadrúpedo obligado. No obstante, la histología del nuevo espécimen (es decir, el estudio realizado para determinar la edad de éste al momento de su muerte) refleja una edad consistente tanto para los huesos de la mitad posterior como para los de la mitad delantera del esqueleto, siendo esto un indicio de que representa un solo individuo. A esto se suman los resultados de otro estudio publicado el pasado mes de mayo por un equipo conformado por Robert Smyth, Nizar Ibrahim y David Martill según el cual, la morfología de las vértebras de espinosáurido encontradas en Marruecos parece representar una sola especie. De acuerdo a este equipo, los exámenes morfológicos de las vértebras (que anteriormente habían sido referidas a diferentes especies como Sigilmassasaurus brevicollis o Spinosaurus marocannus) indican que éstas no presentan variaciones que permitan distinguirlas como especies diferentes a la descrita por Stromer a partir de material proveniente de Egipto. Es decir, el Spinosaurus aegyptiacus. Los autores indican que las pocas diferencias identificadas en la morfología de las vértebras son atribuibles a distinciones individuales (es decir, al hecho de que no todos los miembros de una misma especie se desarrollan igual). Pero eso no es todo. Al analizar también la morfología de las vértebras de Oxalaia quilombensis, proveniente de la formación Alcântara, en la Isla Cajual de Brasil, los investigadores obtuvieron los mismos resultados, sugiriendo que el Oxalaia se trata en realidad de un ejemplar de Spinosaurus, lo que de ser cierto significaría que el Spinosaurus habría estado presente en Sudamérica, tratándose de un género de dinosaurio transcontinental.
Pese al debate que circula en torno a la taxonomía (el estudio de la definición de los organismos a raíz de su clasificación) y anatomía (el estudio de la estructura corporal de los organismos) del material descrito por Ibrahim en tiempos recientes, lo cierto es que se han identificado múltiples similitudes entre éste y los fósiles asignados a Spinosaurus por Stromer, lo cual es indicio de que pertenecen a animales muy parecidos y estrechamente emparentados si es que no eran de la misma especie. De modo que sea cual haya sido el caso, una cosa es clara: el Spinosaurus y sus parientes más cercanos parecían estar hechos para llevar un estilo de vida semiacuático, noción que parece resultar más plausible a medida que se recupera más material.
Teniendo esto en cuenta, los hábitos y el estilo de vida propuestos para el Spinosaurus con la recuperación del material de la cola son reforzados por un estudio tafonómico publicado el pasado mes de agosto, el cual indica que los fósiles referidos a este dinosaurio se hallan regularmente en sedimentos asociados a aguas poco profundas. A eso se suma que tienden a encontrarse en depósitos en los que se ve una cantidad considerable de fósiles de fauna acuática y un bajo porcentaje de fósiles de animales terrestres. Dada la poca cantidad de restos de fauna terrestre en estos sedimentos y debido a que el grueso de los fósiles asignados a Spinosaurus son dientes con indicios de haber sido mudados, es improbable que estos depósitos reflejen un escenario en el que los restos hubiesen sido arrastrados desde la tierra por una corriente u otro agente externo, siendo por tanto el escenario más plausible que el dinosaurio habitara en estos cuerpos de agua.
Estos descubrimientos indican que el Spinosaurus estaba adaptado para explotar eficaz y eficientemente un nicho ecológico en el agua, rompiendo la barrera que parecía limitar el dominio de los dinosaurios a tierra firme. De modo que irónicamente, pese haber ganado fama en la cultura popular como un macrodepredador terrestre gracias a la cinta Jurassic Park 3, si algo acertó la misma fue el mostrarlo también como un dinosaurio hidrodinámico, algo que en ese entonces era una hipótesis con bases limitadas.
No sólo al dinosaurio que asumió el rol de principal antagonista en la tercera película de Jurassic Park "le pegó la pubertad" fuertemente. También le pegó a una de las estrellas de la primera película. Se trata nada más y nada menos que del Dilophosaurus, hecho famoso por escupir el karma y un poco de veneno en la cara de Dennis Nedry, uno de los antagonistas principales de la cinta.
Por supuesto, el Dilophosaurus nunca fue como se ve en la película y ya desde un principio se sabía que en realidad, era una criatura muy diferente, habiendo alcanzado una longitud de alrededor de 6 metros y probablemente, careciendo de glándulas venenosas y del abanico de piel que despliega de su cuello en la película. Sin embargo, resulta que el material originalmente descrito por Samuel P. Welles en 1984 fue parcialmente reconstruido con yeso y el documento no es muy claro en cuanto a cuáles partes fueron reconstruidas y cuáles no, aparte de que para cuando fue publicado no se contaba con muchos de los métodos y herramientas utilizados actualmente para analizar los fósiles de una manera más precisa y minuciosa. Por tal razón, hasta este año, el Dilophosaurus era concebido como un terópodo de complexión esbelta especializado en cazar criaturas mucho más pequeñas que él. Gracias a un estudio publicado el pasado mes de julio por Adam D. Marsh y Timothy B. Rowe, hoy sabemos que este no parecía ser el caso. Una revisión del material descrito por Welles y la recuperación de nuevos fósiles revelaron que el Dilophosaurus era un animal más apto para la macrodepredación de lo que se interpretó inicialmente. Resulta que su cráneo era más robusto y que sus mandíbulas pudieron haber servido de anclaje para músculos más grandes y fuertes de lo que se pensó en un principio, lo cual es sustentado por la presencia de sacos de aire en los huesos que en vida habrían ayudado a que el esqueleto fuese más ligero, a la vez que habría reforzado los huesos, funcionando de una manera comparable al plástico de burbujas. Asimismo, los autores del nuevo estudio descubrieron que la característica cresta doble no fue interpretada correctamente en la descripción original de Welles. Por ejemplo, la punta en el borde trasero de la cresta que se tiende a ver en las reconstrucciones tradicionales resultó ser una prolongación de los lagrimales que se extendía y se elevaba hasta atrás de las órbitas. Por otra parte, dado que los bordes de la cresta resultaron ser una de las partes moldeadas para la reconstrucción original, es difícil asegurar si en verdad tenían la clásica forma semicircular o no. Lo que sí se sabe es que en realidad, no eran lisas, sino rugosas y según los autores, es probable que estuviesen cubiertas por una capa de queratina como se ve en varias aves crestadas como el cálao, pudiendo haber servido para comunicación visual (en cuyo caso, es posible que tuviese una coloración brillante en vida) o para termorregulación. Sin embargo, las mayores implicaciones de esta reinterpretación del Dilophosaurus están en lo que respecta a su clasificación. Anteriormente, había discrepancia sobre su posición en el árbol filogenético de los terópodos, con algunos sugiriendo que se trataba de un ceratosaurio basal, otros indicando que pudo haber sido un celofísido avanzado y otros asignándolo a una familia propia (Dilophosauridae), mas los autores del nuevo estudio, tras haber analizado el material anteriormente descrito y los nuevos ejemplares recuperados concluyeron que se trataba de un neoterópodo más diversificado que el Zupaysaurus y que el Cryolophosaurus y bastante cercano al clado Averostra (grupo del cual descienden los terópodos más "estandarizados" y con cráneos usualmente cuadriformes), reflejando un estado transitorio entre los terópodos basales del Triásico y que aún eran comunes en su época y los más avanzados que se verían a partir de mediados del Jurásico, "trazando el plano" morfológico que seguirían éstos últimos, con el arreglo visto en los huesos lagrimales y nasales siendo una condición ancestral que habría sido modificada (y en algunos casos, suprimida) durante la evolución, razonamiento sustentado por las estructuras vistas en ceratosaurios, como el propio Ceratosaurus y en tetanuros, como el Allosaurus.
Otro dinosaurio que se sometió a un "cambio de look" con implicaciones sustanciales fue el Scelidosaurus, un dinosaurio tieróforo (del grupo al que pertenecen los llamados "dinosaurios acorazados", como el Stegosaurus y el Ankylosaurus) descubierto durante los primeros días de la paleontología.
A finales del pasado año se publicó un estudio realizado por el Dr. David Norman en el que se revela que este dinosaurio había sido erróneamente reconstruido durante más de 150 años debido a las técnicas de preparación entonces empleadas y a la falta de un análisis anatómico de los especímenes recolectados más riguroso y llevado a cabo con técnicas más modernas, análisis que fue finalmente hecho por el Dr. Norman y según el cual, resulta que el Scelidosaurus era un animal más robusto de lo que se pensó en un principio y que su pelvis era más fuerte y estaba configurada de tal manera que en teoría, pudo haberle permitido apoyarse y moverse sólo sobre sus patas traseras al menos ocasionalmente. Sin embargo, esto fue sólo el principio. El pasado mes de agosto Norman publicó un nuevo estudio en el que analiza más exhaustivamente el cráneo de este dinosaurio, determinando que éste era más robusto, con la parte posterior siendo más ancha de lo que se concibió inicialmente, lo que en vida habría proporcionado espacio para músculos grandes. Por si fuera poco, el cráneo muestra claros indicios de que en vida estaba cubierto de escamas grandes y compactas y que presentaba osteodermos alargados y relativamente robustos comparables a cuernos en la parte posterior. Estos aspectos de su anatomía previamente malinterpretados y desconocidos llevaron a Norman a reevaluar la posición del Scelidosaurus en el árbol filogenético de los dinosaurios, concluyendo a partir de varios análisis que éste, contrario a la concepción tradicional, no era un tieróforo basal, sino un anquilosaurio poco diversificado, lo que significaría que éstos se originaron mucho antes de lo que se pensaba hasta ahora.
2. Fiesta caliente a finales del Cretáceo
Durante medio siglo se ha asociado la extinción de los dinosaurios no avianos al final del Cretácico a la actividad volcánica. Esto debido en gran parte al hallazgo de formaciones con numerosas capas de basalto (un tipo de roca formada por lava volcánica tras su enfriamiento) en lo que actualmente es India que indican un intenso y extenso vulcanismo en el área a finales de dicho período. Estas formaciones hoy son conocidas como las "Deccan Traps" o "Trampas del Decán" y algunos expertos han considerado que la actividad volcánica que evidencian fue uno de los contribuyentes al evento de extinción ocurrido hace alrededor de 66 millones de años al provocar un decaimiento de la biodiversidad debido a la emisión de gases tóxicos y otros contaminantes en el ambiente a nivel global y al eventual enfriamiento causado por la liberación de gases sulfurosos. Sin embargo, un estudio publicado el pasado mes de julio por un equipo encabezado por Alfio Alessandro Chiarenza nos dice que la historia probablemente fue diferente. Utilizando marcadores geológicos del clima y modelos matemáticos y estadísticos, así como datos sobre los factores ambientales (tales como la temperatura y la humedad) necesarios para la prosperidad de la fauna de ese entonces, el equipo de investigación pudo trazar un mapa de dónde se daban estas condiciones tras el impacto de un asteroide o un vulcanismo masivo y prolongado. Los resultados de este nuevo estudio sugieren que los efectos de las erupciones volcánicas ocurridas en las Trampas del Decán no fueron lo suficientemente devastadores como para comprometer los ecosistemas a nivel global. Por el contrario, tal parece que los efectos del vulcanismo resultaron beneficiosos, pues propiciaron el desarrollo de condiciones idóneas para la prosperidad y diversidad de la fauna, conclusión reforzada por otro estudio publicado el pasado mes de noviembre por un equipo de investigación encabezado por Joseph A. Bonsor, en el cual se analizaron unos 12 árboles filogenéticos y se aplicaron modelos estadísticos para evaluar si cada linaje de dinosaurios estudiado aún era capaz de producir nuevas especies al final del Cretáceo. Sus resultados sugieren que aunque algunos grupos de dinosaurios parecieron haber experimentado un decaimiento, no todos lo hicieron y muchos continuaban diversificándose. Para determinarlo el equipo de investigación se valió de la tasa de especiación de los linajes estudiados en lugar de recurrir exclusivamente al muestreo de fósiles, ya que éste tiene sesgos a tener en cuenta, pudiendo sugerir una disminución de especies durante el Cretáceo que no necesariamente reflejaría la realidad en esos entonces. Esto da más soporte a la teoría de que los dinosaurios continuaban prosperando durante el Cretáceo tardío en lugar de estar experimentando un decaimiento.
Pero eso no es todo. Según la investigación realizada por el equipo de Chiarenza, la actividad volcánica también contribuyó a crear ecosistemas más resistentes al exponerlos a condiciones similares a las que provocaría el eventual impacto del asteroide, propiciando la adaptación a dichas condiciones y haciendo posible la recuperación de varios hábitats y formas de vida tras la caída del meteorito, la cual sí fue perjudicial, según sugiere otro estudio publicado en mayo por el Profesor Gareth Collins y colegas, quienes analizaron la formación del cráter de Chicxulub, la cual muestra indicios de que hubo un desplazamiento de tierra desde el noreste en dirección al suroeste. Utilizando esta información produjeron un modelo tridimensional que permitió recrear el impacto a partir de sus observaciones, con lo que llegaron a la conclusión de que el asteroide impactó lo que hoy es la península de Yucatán en México desde el noreste en un ángulo de 45 a 60 grados sobre el horizonte, lo cual suscitó el escenario más destructivo posible, ya que a esa inclinación, la colisión habría provocado el lanzamiento de una mayor cantidad de escombros a la atmósfera en todas direcciones (de haber impactado en una dirección casi vertical o casi horizontal, el lanzamiento de escombros probablemente habría sido minimizado y menos diseminado, por lo que es posible que los efectos no hubiesen sido tan devastadores en algunas partes del planeta), eventualmente provocando un invierno global durante el que la luz solar sería bloqueada, impidiendo la fotosíntesis de las plantas y ocasionando un efecto dominó en la cadena alimentaria. Sin embargo, la investigación de Chiarenza indica que el vulcanismo, además de haberle permitido a varias formas de vida a adaptarse a condiciones de este tipo, a largo plazo también contribuyó al calentamiento del planeta durante el invierno global causado por el asteroide gracias a la liberación de dióxido de carbono, lo que probablemente propició la supervivencia de especies que de otra forma se hubieran extinto.
3. Huevos de cáscaras blandas
Hasta hace poco la idea de que los dinosaurios ponían huevos de cáscara dura se consideraba una regla general. Esto debido mayormente a que los fósiles de huevos de dinosaurios identificados hasta el momento presentaban una capa de calcita como los de las aves y cocodrilos de la actualidad, haciendo que su cascarón fuese duro y rígido. A esto que se suma el hecho de que los dinosaurios, en conjunto con los pterosaurios, los cocodrilos y las tortugas, pertenecen a un grupo conocido como los arquelosaurios y los miembros de este linaje suelen poner huevos con cáscaras duras (aunque hay excepciones). Sin embargo, un estudio publicado el pasado 17 de junio por un equipo encabezado por el Dr. Mark Norell cambió esos paradigmas. El equipo de investigación realizó análisis químicos de embriones fosilizados de Mussaurus (un miembro del linaje de los sauropodomorfos) y de Protoceratops (un miembro del linaje de los ceratopsios), examinando con precisión un área circular de color oscuro en el sedimento en torno a éstos. Los análisis revelaron que dicha área consiste en residuos moleculares de una membrana no mineralizada, lo que sugiere que estos fósiles se tratan de huevos que no estaban cubiertos por una capa de calcita, lo cual a su vez se traduce en que estos dinosaurios ponían huevos con cáscaras blandas como los lagartos y serpientes y no con cáscara dura como las aves y cocodrilos. Por si fuera poco, hallazgos previos indican que los pterosaurios también ponían huevos con cáscara blanda. Esto llevó a los autores a teorizar que el ancestro común de los dinosaurios y de los pterosaurios debió también poner huevos de este tipo, por lo que es probable que esta fuese la condición general no sólo para los primeros dinosaurios, sino también para la mayoría del grupo y que los huevos con cáscara dura hayan evolucionado a posteriori de manera independiente en diferentes ramas, tales como la de los ornitópodos (como Maiasaura), la de los saurópodos macronarios (como el Saltasaurus) y la de los terópodos (incluyendo a las aves modernas), que incluyen los ejemplares en los que se suele ver esta característica. Los investigadores teorizan además que esta podría ser la causa por la que es difícil encontrar huevos de dinosaurio fosilizados, ya que las cáscaras blandas tienen menos probabilidades de preservarse y fosilizarse. Sin embargo, un segundo estudio publicado el mismo día por un equipo encabezado por Lucas J. Legendre demostró que pese a que es difícil, no es imposible.
Este otro estudio consiste en la descripción de un fósil de alrededor de 68 millones de años de antigüedad descubierto en la Isla de Seymour, en las cercanías del continente antártico hace casi una década, pero que no había sido identificado hasta ahora. El ejemplar consiste en una pieza estructuralmente ovalada de poco más de 30 cm de diámetro y su sedimentología sugiere que fue depositado en el lecho marino. Tras examinarlo, Legendre y su equipo determinaron que se trata de un huevo que, como en los anteriores casos, no muestra indicios de una cáscara dura y rígida, sino blanda y relativamente flexible, algo que queda evidenciado en su morfología, ya que el mismo parecía haberse abierto antes de fosilizarse, mostrando surcos en lugar de grietas, adoptando una forma parecida a la de un balón desinflado. Sin embargo, este huevo presenta una capa calcárea, algo que no se ve en los huevos descritos por el equipo de Norell. Dado que no se encontró un embrión dentro del huevo, determinar a qué criatura pertenece ha resultado ser un desafío, pero hay pistas que permiten teorizar de qué es. Por ejemplo, sus propiedades se asemejan a las de los huevos de los lepidosaurios actuales como las lagartijas y las serpientes, los cuales ponen huevos con una capa calcárea fina y dúctil, que es precisamente lo que se observa en el huevo descrito por el equipo de Legendre, sugiriendo que pertenecía a una especie emparentada con este grupo de reptiles. Esto, en conjunto con su gran tamaño y su procedencia de momento permite a los investigadores restringir la lista de candidatos más probables a un grupo: los mosasaurios. No obstante, investigaciones previas habían revelado que éstos parían crías vivas. De modo que a primera impresión, un huevo no parece ser una pieza que encaje mucho en este rompecabezas, pero es de tener en cuenta que los mosasaurios probablemente no se reproducían como los mamíferos acuáticos de hoy, sino de una manera más parecida a la de las serpientes marinas, las cuales son catalogadas por algunos científicos como ovovivíparas. Es decir, que no expulsan los huevos hasta que las crías están por eclosionar, con lo que básicamente las paren vivas, aunque la alimentación y respiración de éstas hasta ese momento ocurría de la misma forma en que ocurre en cualquier animal que nace de un huevo. La investigación de Legendre y su equipo apunta a que este haya sido también el caso de los mosasaurios.
4. Nuevas pistas sobre los diversos orígenes del vuelo en los reptiles
La aviación como la conocemos hoy es el fruto de múltiples experimentos realizados a lo largo de la historia en un intento de replicar lo que observábamos en la naturaleza, sobre todo en las aves (por algo la llamamos "aviación"). Curiosamente, parece que sin percatarnos la replicamos en más de un aspecto, pues según sugiere un estudio publicado el pasado mes de agosto por Rui Pei, Michael Pittman y colaboradores, ésta estaba realizando sus propios experimentos durante el Mesozoico para producir auténticas "máquinas voladoras", siendo las aves modernas apenas uno de sus frutos. De acuerdo a este estudio, el vuelo propulsado (es decir, el que se realiza batiendo las alas y en lugar de planeando) evolucionó al menos, tres veces en los dinosaurios. Es decir, que tres linajes de dinosaurios desarrollaron adaptaciones propicias para el vuelo de manera independiente, cada uno originándose a partir de ancestros no voladores. Estos son: los unenlanginos (como el Rahonavis), los microraptorinos (como el Microraptor) y por supuesto, los avialanos (como el Archaeopteryx y las aves modernas). Pese a que el vuelo evolucionó de manera independiente en los tres grupos, éstos están estrechamente emparentados, siendo todos terópodos paravianos, con los unenlanginos y los microraptorinos perteneciendo a la familia de los dromeosaurios (la misma a la que pertenecen el famoso Velociraptor y el Deinonychus), lo que se traduce en que el vuelo evolucionó al menos, dos veces en esta familia. Los avialanos por su parte son un grupo hermano de los deinonicosaurios (grupo que alberga a los dromeosaurios y los troodóntidos) y de acuerdo al nuevo estudio, agrupa a los anquiornitinos, que anteriormente eran una familia aparte conocida como los anquiornítidos.
Adicionalmente, los autores de esta investigación destacan que otros dinosaurios (incluyendo dromeosaurios como el Bambiraptor, el cual no pertenece al linaje de los unenlanginos ni de los microraptorinos) parecían estar experimentando con el uso de sus alas antes de dar origen al vuelo propiamente dicho y así lo sugiere un estudio publicado posteriormente, el pasado mes de octubre por un equipo encabezado por el Dr. Thomas A. Dececchi, el cual se enfoca en las capacidades aerodinámicas de otro linaje de dinosaurios alados: los escansoriopterígidos (como el Yi y el Ambopteryx), caracterizados por poseer lo que parecían ser alas membranosas en lugar de emplumadas. A diferencia de los paravianos voladores, los escansoriopterígidos parecían no estar adaptados para aletear, estando limitados a planear según indica el equipo de investigación, el cual escaneó los fósiles del Yi y el Ambopteryx utilizando fluorescencia estimulada por láser para detectar detalles del tejido blando indistinguibles a simple vista, posteriormente aplicando sus observaciones a modelos matemáticos para deducir cómo pudieron haber volado estos dinosaurios considerando variables como su peso, envergadura y la posible disposición de sus músculos. Los modelos sugieren que para emplear el vuelo propulsado, los escansoriopterígidos habrían requerido una complexión corporal menos maciza y músculos más fuertes de los que probablemente tuvieron. El equipo de investigación estimó además una carga alar más alta en los escansoriopterígidos que en otros dinosaurios alados (es decir, un mayor peso corporal con respecto al área comprendida por las alas), indicando que su modo de planeación era poco eficiente. Teniendo esto en cuenta, los autores teorizan que este grupo de dinosaurios estaba especializado para desempeñarse en un hábitat forestal con brechas pequeñas y frecuentes en el que pudieran planear de árbol en árbol en busca de alimento, pero cuando ese hábitat comenzó a ser ocupado por vertebrados más aerodinámicos, éstos no pudieron competir, lo que en última instancia los conduciría a la extinción. No obstante, los escansoriopterígidos siguen siendo un ejemplo de las varias maneras en que el vuelo evolucionó en los dinosaurios antes de ser perfeccionado por los avialanos.
Sin embargo, no hay que olvidar que la naturaleza ya había realizado un experimento exitoso a la hora de dar origen a un grupo de vertebrados que desafiaran a la gravedad. Hablamos por supuesto de los pterosaurios. El registro fósil sugiere que éstos evolucionaron de arcosaurios terrestres mucho antes de que surgieran los primeros dinosaurios voladores, pero siempre ha habido bastante incertidumbre en cuanto a de qué clase de arcosaurios éstos procedían. No obstante, este año fue testigo de un par de descubrimientos que parecen encaminarse a cambiar eso. El primero consiste en una investigación publicada el pasado mes de julio en la que se describen los fósiles de un arcosaurio de pequeño tamaño encontrado en rocas de edad triásica en Madagascar durante una expedición organizada por el Museo Americano de Historia Natural en 1998, el cual fue llamado Kongonaphon kely por el equipo de investigación encabezado por Christian F. Kammerer. Curiosamente, es el primer miembro de este grupo del que se ha descrito material del cráneo y las características observadas en el mismo (particularmente, en su dentadura) sugieren que probablemente se alimentaba de insectos y de ahí su nombre (que en malgache significa: "asesino de insectos"). Sin embargo, lo más curioso es que pese a que fue identificado como un lagerpétido (una familia de arcosaurios usualmente definidos como dinosauromorfos basales), el equipo encontró que las raíces de su árbol familiar no parecían estar muy firmemente cimentadas, pues pese a que un análisis soporta la clasificación tradicional del grupo como dinosauromorfos, otro abre paso a la posibilidad de que éstos fuesen en realidad pterosauromorfos, dificultando la posición de esta familia en la cadena evolutiva, al mismo tiempo que presenta potencial para aclarar una de las mayores incógnitas en cuanto a nuestro entendimiento de la evolución de los arcosaurios. Es aquí donde entra el segundo descubrimiento, consistente en un estudio realizado por un equipo internacional de paleontólogos encabezado por Martín D. Ezcurra y publicado el pasado 9 de diciembre en la revista Nature. El mismo parte de un análisis más completo del material recuperado de lagerpétidos hasta ahora gracias a que con descubrimientos como el del Kongonaphon hoy se dispone de elementos anteriormente poco conocidos de los miembros de esta familia. Este nuevo análisis no sólo revela múltiples semejanzas entre la estructura esquelética de los lagerpétidos y la de los pterosaurios (incluyendo huesos con una contextura altamente ligera), sino también que ambos linajes comparten una neuroanatomía similar que parece indicar que varias de las adaptaciones asociadas al origen del vuelo en los pterosaurios, tales como la coordinación de los movimientos de la cabeza, los ojos y el cuello, estaban presentes en los lagerpétidos. Esto llevó a los autores a teorizar que estas adaptaciones fueron probablemente heredadas de un ancestro común, lo que reforzaría la idea de que los lagerpétidos son pterosauromorfos y aunque no pueden reconocerse como ancestros propiamente dichos de los pterosaurios, se podrían considerar como un linaje hermano de éstos. Pero esto es sólo la mitad de la historia, pues el 2020 no sólo nos trajo indicios de cómo fueron los orígenes de los pterosaurios como grupo, sino también de cómo fue la evolución de su vuelo.
Y es que otro estudio publicado el pasado mes de octubre por un equipo encabezado por Chris Venditti indica que la transición de la locomoción terrestre a la aerodinámica fue un reto para los primeros pterosaurios al imponer una alta carga energética, limitándolos a recorrer una distancia relativamente corta, algo que parece consistente con los resultados obtenidos posteriormente por el equipo de Ezcurra teniendo en cuenta que sus presuntos parientes (y por extensión, sus ancestros) eran probablemente bípedos hechos para movilizarse rápidamente en tierra, por lo que tiene sentido que la transición fuese lenta y poco eficiente. Sin embargo, la investigación de Venditti y sus colegas indica que eso no fue impedimento para que a lo largo de su evolución lograran adaptar la forma y el tamaño de su cuerpo para utilizar hasta un 50% menos de energía mientras estaban en el aire, convirtiéndose en aviadores capaces de mantener el vuelo de manera estable por períodos prolongados pese a que muchas especies se hacían cada vez más pesadas. Para determinarlo, el equipo de investigación analizó unas 75 especies de pterosaurios representativas de diferentes etapas de la evolución del grupo, recopilando datos tales como su tamaño y envergadura y aplicándolos a modelos biofísicos empleados en el estudio de la eficiencia de vuelo de las aves actuales. La investigación arrojó que los pterosaurios fueron optimizando su eficiencia en el aire gradual y consistentemente durante su evolución, mostrando ligeras mejoras en sus adaptaciones para el vuelo a medida que iban diversificándose. Todos los tipos de pterosaurios estudiados parecieron reflejar estas mejoras excepto uno: los azdárquidos (como el Quetzalcoatlus y el Hatzegopteryx). La anatomía de éstos (particularmente el hecho de que tenían alas proporcionalmente más pequeñas con respecto al tamaño de su cuerpo en comparación con otros pterosaurios) y los modelos biofísicos reflejaron una reducción en la eficiencia de vuelo en este grupo que si bien no les impedía volar, sugiere que el vuelo altamente eficiente probablemente no les brindaba una ventaja significativa, pudiendo haberse limitado a volar en trayectos relativamente cortos volando y a pasar gran parte del tiempo en tierra.
5. La (hipotética) revancha del Pisanosaurus y de los ornitisquios triásicos
En 2017 publiqué una entrada en la que discutía la rareza y posible ausencia de ornitisquios de edad triásica en el registro fósil, destacando por ejemplo la eventual integración del Pisanosaurus (considerado hasta entonces como el ornitisquio más basal conocido) al linaje de los silesaurios (un grupo de arcosaurios estrechamente emparentados con los dinosaurios). Desde entonces, varios estudios han dificultado las cosas en cuanto a la identificación de ornitisquios basales, generando múltiples interrogantes sobre los orígenes del grupo, pero este año salieron dos estudios que parecen darle al asunto un giro de 180 grados.
El primero fue publicado el pasado mes de julio por un equipo internacional de paleontólogos encabezado por Julia B. Desojo y recupera al Pisanosaurus como un dinosaurio ornitisquio. El estudio sin embargo, no se limita a esto y los resultados son parte de una investigación geocronológica y paleogeográfica mucho más abarcadora de la región norte de la formación Ischigualasto, ubicada en la provincia argentina de La Rioja y de la que proceden los fósiles de Pisanosaurus. Los investigadores dataron una edad ligeramente más reciente para esta parte de la formación que la de la región ubicada en la provincia de San Juan (de donde proceden otros dinosaurios primitivos como el Eoraptor y el Herrerasaurus). Como parte de su análisis paleogeográfico, los autores revisaron los fósiles del Pisanosaurus y destacaron que éste presenta características vistas en los dinosaurios ornitisquios, mas no en otros dinosauromorfos como los silesaurios. Ejemplo de esto es que sus mandíbulas presentan una hendidura tras el dentario que sólo se aprecia en los heterodontosáuridos, los cuales son considerados una familia de ornitisquios no muy derivada. Esto condujo a la hipótesis de que el Pisanosaurus se trataba de un ornitisquio basal, como se interpretó en un principio y no de un silesáurido. Partiendo de sus observaciones, los investigadores concluyeron que los primeros ornitisquios evolucionaron hace alrededor de 229 millones de años, más o menos al mismo tiempo que los primeros saurisquios. No obstante, no todos están de acuerdo con las conclusiones del equipo de investigación, mas eso no necesariamente desacredita la clasificación que éste propuso para el Pisanosaurus.
El segundo estudio, publicado el pasado 26 de agosto por Rodrigo Temp Müller y Maurício Silva García, no sigue las conclusiones del equipo de Desojo, sino que da un paso más allá y en lugar de sacar al Pisanosaurus de la familia de los silesáuridos para reubicarlo en el linaje de los dinosaurios, invita a toda la familia de los silesaurios a formar parte de la dinastía de los dinosaurios. De modo que según los autores de este estudio, los silesaurios ya no serían considerados como un linaje hermano de los dinosaurios, sino como dinosaurios propiamente dichos y por si fuera poco, el equipo propone una hipótesis que podría resolver el enigma de la aparente ausencia de ornitisquios de edad triásica al sugerir que los silesaurios podrían tratarse en realidad de ornitisquios basales partiendo de la premisa de que los dos grupos comparten un rasgo en común no hallado en miembros de otros linajes: el hueso predentario (lo que se podría considerar la parte ósea del pico en la mandíbula inferior), con la única diferencia de que en los silesáuridos éste parece estar dividido, mientras que en los ornitisquios está compuesto por una sola pieza. Sin embargo, es posible que esto pueda deberse a aspectos relacionados a la derivación del grupo, ya que no sería el primer caso en que se ve que varios huesos en un organismo están fusionados en sus descendientes, formando un solo hueso, tal y como se ve por ejemplo, en el pigóstilo de las aves (un hueso conformado por la fusión de varias vértebras al final de la cola, lo cual no se ve en terópodos menos derivados), por lo que esto no es impedimento para agrupar a ambos linajes en uno. No obstante, cabe destacar que en esta nueva investigación, los silesaurios no son reconocidos como una familia, sino como un grupo con determinadas características en común que se extiende desde la base de Ornithischia y se separa de los ornitisquios de edad jurásica como un linaje hermano de éstos (igual que como ocurre con los prosaurópodos, que son varios grupos de sauropodomorfos que se extienden desde la base de Sauropodomorpha hasta el linaje de los saurópodos sin incluir a éste último). De resultar cierta esta nueva hipótesis, podría explicar por qué por ejemplo, el Pisanosaurus presenta características anatómicas tanto de ornitisquios poco derivados como de silesaurios avanzados (cosa que ha dificultado su clasificación), pues no se trataría de si es uno o el otro, sino que sería prueba de que los dos representan en realidad, un solo linaje, pudiendo tratarse de una etapa transitoria. De modo que tal parece que la respuesta que los paleontólogos habían estado buscando siempre estuvo ahí. Sólo había que saber hacia dónde mirar.
Es de recordar sin embargo, que lo propuesto en estas investigaciones de momento es sólo hipotético y es necesario verificarlo mediante la recuperación de más material fósil y la realización de estudios adicionales.
Fuentes:
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2. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/06/el-huevo-blando-mas-grande-del-mundo.html
3. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/07/el-nuevo-rostro-de-dilophosaurus.html
4. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/07/fue-el-meteorito-y-no-los-volcanes.html
5. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/08/los-silesauridos-dinosaurios.html
6. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/08/spinosaurus-mas-acuatico-que-nunca.html
7.
http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/08/y-volaron-tres-veces.html
8. http://palaeos-blog.blogspot.com/2020/10/cambios-scelidosaurus.html
9. http://theropoda.blogspot.com/2020/04/spinosaurus-revolution-extended-edition.html
10. http://www.sci-news.com/paleontology/eggs-earliest-dinosaurs-soft-leathery-shells-08549.html
11.
http://www.sci-news.com/paleontology/gliding-scansoriopterygid-dinosaurs-08981.html
12.
https://doi.org/10.1016/j.cub.2020.06.105
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14. https://redibinforma.com/art/1391/el-analisis-de-cientos-de-fosiles-revela-una-joya-paleontologica-de-230-millones-de-anos
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16. https://scitechdaily.com/ceratopsian-dinosaur-mystery-solved-by-soft-shelled-eggs/
17. https://www.nationalgeographic.com/science/2020/04/first-spinosaurus-tail-found-confirms-dinosaur-was-swimming/
18. https://www.nature.com/articles/s41586-020-2190-3
19. https://www.nature.com/articles/s41598-020-67854-1
20. https://www.pnas.org/content/117/29/17084
21. https://www.sciencedaily.com/releases/2020/05/200526111320.htm
22. https://www.sciencedaily.com/releases/2020/06/200629150544.htm
23. https://www.sciencedaily.com/releases/2020/07/200707183920.htm
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29. https://www.skeletaldrawing.com/home/the-road-to-spinosaurus-iii-of-chimeras-and-leg-proportions11262020
30. https://www.texasmonthly.com/the-culture/texas-scientists-discover-that-a-dinosaur-made-famous-by-jurassic-park-was-even-more-formidable-than-they-thought/

























